Delante del altar, flores temblaron,
tus manos de cera prendidas a un sol que se apagó.
Te juro que fui fiel hasta que el viento mintió,
y el nombre que llevo aún huele a tu adiós.
Entre los bancos vacíos, mi voz se deshace en mar,
cada latido un pecado que no puedo confesar.
Si Dios me escucha, que devuelva tu risa al amanecer,
pero no me perdones: prefiero arder
delante del altar.